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Soy Guerrera

 

Por Mimiya O’Reardon

Mis recuerdos de niñez, son intensos y llenos de tanto cariño.  Crecí rodeada de amor y amor al prójimo. Amor al campo y a su gente sencilla. Amor al indígena que ha defendido contra viento y marea su vida, su terruño y sus ancestrales costumbres. Amor, al indefenso, al débil, al pobre. Defiendo al  desvalido de todo aquel que lo quiere maltratar. Y aunque de niña era tímida y no expresaba mi opinión, en el fondo tenía mucha fuerza, fuerza que fue creciendo hasta convertirme en guerrera! Guerrera de mis luchas y de las de todos aquellos que no tienen voz.

Tan es así que estando en un hospital internada por casi dos meses, primero tres semanas, una semana de descanso y después tres semanas más, en mis momentos lucidos, entre tanta droga para amainar el dolor de una operación de ocho horas, caminé a la oficina de la  directora del hospital.  Al no encontrarla, le dejé una nota y unos minutos más tarde, estaba allí visitándome en mi habitación. Le pregunté por qué las enfermeras no escuchaban, ni anotaban mis quejas a la alergia que había comenzado a desarrollar. ‘¿Si cada tres horas me hacen un chequeo de sangre’, le dije, ‘por qué cada vez que viene una enfermera y yo me quejo de la reacción alérgica al esparadrapo, no lo anotan en mi expediente?’. ‘¿No debe cada enfermera escribir una nota de lo que ellas pueden ver en mi piel y de lo cual yo me estoy quejando?’. ‘¿Y cuando les pido que utilicen esparadrapo especial, ese que usan para bebes, ‘micropore’, me cuestionan si soy médico y por qué se yo del tal esparadrapo?’. ‘¿Por qué’, le dije, ‘las enfermeras no cumplen con su deber?’  Asustada me preguntó si había sido alérgica antes y le aclaré que no, pero me sacaban sangre tan seguido y me cubrían la piel con un pedacito de esparadrapo que me volví alérgica a él.

Viéndola fijamente a los ojos, le dije a la directora del hospital: ¿Sabe por qué caminé hoy hasta su oficina, drogada como estoy y débil? Yo, me puedo defender, tengo voz, pero lo hice por todos esos viejitos, que no la tienen.  Que si se quejan de cualquier cosa, les contestan de mala gana, amedrentándolos y ellos por miedo no vuelven a quejarse.  Por eso lo hice.  Por ellos. La vi que respiraba tranquila.  Por su mente ha de haber pasado la vaga idea de una demanda.

Ser guerrera se lo debo a una monja de La Asunción, a Madre Benigna, a  la Adelaida Villa, esa monja nicaragüense llena de bríos que nos enseñaba historia y dibujo. Además de enseñarnos a defender lo indefendible, a pelear por lo justo, a no dejarnos avasallar por nada ni por nadie, nos inculcó el defender lo nuestro, lo nicaragüense, de ese invasor que se aprovechó del indígena, dándole baratijas por el oro nuestro.

Con ese carácter fuerte que tenía, enardecida nos decía en voz alta que nos habían explotado, que  lo único que hicieron en este continente, en nuestra América, fue saquearlo; que asesinaron a todos nuestros indígenas, quienes atemorizados por las grandes bestias, corrían en bandadas despavoridos, nunca antes habían visto un caballo.

Y por todas sus enseñanzas es que comprendo que además de nacer con instintos de guerrera, es, gracias a ella, a Madre Benigna, que me convertí en guerrera. Guerrera por la justicia, por la honestidad, por el abuso, por todos esos males que aquejan a nuestra decadente sociedad.

Y cuando pienso en ella, en Madre Benigna, la veo en mi mente limpiándose con su pañuelo, el sudor de su cuello y frente cubiertos con velo blanco y con aquel pesado habito morado de lana pura, y la veo paseándose de un lado al otro del salón de clases, hablando enérgicamente y gestionando con sus brazos, para demostrarnos y hacernos entender más claramente, la ignominia que cometieron esos conquistadores; y la escucho levantando la voz y viéndonos a los ojos, para que no se nos olvide la canallada cometida contra nuestros indígenas. Para que no lo olvidemos jamás.  Para que los defendamos.  Aún, varios siglos después.

Y cuando habla de la conquista, levanta entre sus manos su regla, la eleva como simbolizando una cruz y la veo como nuestra Rafaela Herrera defendiendo nuestro lago Cocibolca de los invasores.

Pero también la recuerdo impartiéndonos clase de dibujo.  Allá arriba en la terraza, contiguo a la capilla entre los dos edificios, nos tenía sentadas en pupitres enseñándonos a usar el lápiz como regla para medir la distancia, que el infinito está al fondo y hacia esa dirección van las líneas del dibujo, y que todas esas líneas se tienen que encontrar. La perspectiva, tan vital para hacer un dibujo.  Y son esas bases de sus enseñanzas de dibujo las que me sirvieron para ahora concretizar esa semilla de artista que inculcó en mí ya que hoy, además de guerrera, también soy pintora.

Cuando recuerdo a Madre Benigna, sonrío con cariño, recordando la dicha de haberla tenido como profesora en mi niñez. Esa mujer, que me inculco la pintura y que me conviertio en guerrera.

Mimiya O’Reardon

Granada, Nicaragua.

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